jueves, 16 de octubre de 2014

Hace más de 50 años...


La escuela era pequeña, tenía dos aulas y cada una de ellas presidida en el centro por una estufa de leña, con un tubo unido al techo por el que salía el humo. Durante los fríos inviernos era muy apreciada por alumnos y maestro. Encima de la pizarra estaba colgado el crucifijo y a la derecha del encerado el dibujo de un calendario con el día, mes y año en curso. Una veintena de pupitres con asientos abatibles de madera. En el centro y a la derecha de la mesa, sendos tinteros de porcelana insertados en unos agujeros destinados para ello. El maestro cada día encargaba a dos niños de llenarlos con tinta azul que previamente había preparado en una botella de relleno. Recordaba la tonadilla de las canciones que enseñaba Don Antonio para que todos los niños aprendieran la tabla de multiplicar. Una por una es una. Una por dos es dos.., El patio escolar no existía y era sustituido por la calle del pueblo. Durante el recreo daba tiempo de acercarse a casa, comer un pequeño bocadillo de salchichón  (¡qué rico le sabía!) y además jugar un partido de fútbol con sus compañeros. Las porterías estaban delimitadas con dos piedras gruesas en medio de la calle y cualquiera de la clase entraba en el equipo que menos gente tuviera. Algún pescozón repartía  el maestro cuando no se cumplía con los deberes estipulados, pero no se tomaban como castigos dañinos, sino como correcciones necesarias para la educación. David recordaba lo mucho que aprendió con aquel maestro. Le impactaba el afán que tenía por aprovechar todos los materiales escolares. Recogía los grandes carteles que anunciaban espectáculos y los recortaba en formato de folio para que los niños pudieran hacer las cuentas por la parte no escrita. De alguna manera se había adelantado a los tiempos actuales cuidando con el reciclado el medio ambiente.

De "El Mago Mangarín"

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