viernes, 1 de agosto de 2014

Vacaciones

¡Qué feliz me siento!

            Después de trescientos cincuenta y ocho días voy a disfrutar de siete días de vacaciones.   
¡Qué feliz me siento!

El primer día madrugaré para pegarme el palizón de conducir hasta la playa. Eso sí tengo que pensar cómo solucionar el puzle en 3D para recolocar los infinitos bártulos en el maletero del coche. Las maletas de los niños y la nuestra. Cuatro sillas plegables con su mesa para comer en el campo, una sombrilla amplia de camping. La barquita inflable para el pequeño, el cubo, palas, rastrillo de plástico para la arena de la playa. Las esterillas enrollables, una nevera para los refrescos, las cervezas y la tortilla de patatas. Este año nos lo hemos montado bien y no llevamos al perro que lo hemos dejado en una residencia canina, con lo cual evitamos llevar su comida, el colchón donde duerme, el cuenco de la comida y del agua.

¡Qué feliz me siento!

En cuanto llegue no pienso dar un palo al agua. Como mucho, levantarme antes que el resto de la familia para preparar el desayuno. Este año nos salía mejor un apartamento que el hotel, la crisis se nota. Espero a que desayunen todos para recoger. Me gusta que se vayan ellos antes que yo a la playa, así me quedo preparando la comida del mediodía tranquilamente y cuando volvemos sobre las tres de la tarde, está todo preparado. Yo solo me acerco a llamarlos. A mí no me gusta el calor infernal del mediodía.

¡Qué feliz me siento!

Después de comer todo el mundo se queda dormido hasta las seis de la tarde. ¡Hace tanta calor! Recojo la cocina comedor o comedor cocina y me siento en el balcón del apartamento a leer el periódico. ¿Nos vamos a la playa? Son las seis y  media de la tarde. Me doy un chapuzón. Enseguida son las ocho y media. Recoger sillitas, esterillas, toallas, nevera y la barquita inflable. Eso sí, cada cosa con un poquito de arena crujiente. Vamos al apartamento. Tandas de ducha, mientras preparo la cena.

¡Qué feliz me siento!

Daremos una vuelta después de cenar y compraremos unos helados para saborearlos sentados en un banco de cemento escuchando las olas del mar. A la fresca. Es la mejor hora del día y de la noche.


¡Qué feliz me siento! 
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